Por Aurelio González Ovies.

EL COLOR DE LOS DÍAS

Presentación en el Club de prensa de LNE Oviedo del poemario «El color de los días» Por Aurelio González Ovies

Nadie, más que mi amigo Aurelio, podría dedicarme estos versos tan entrañables y hermosos.

Gracias, poeta.

Buenas tardes. Presentamos un libro, de Esther García López, una autora de amplia trayectoria y amante de su terruño, de su lengua, del campo y de la naturaleza. Como ya conocen sus seguidores, Esther regresa a menudo a sus raíces, a sus paraísos perdidos, allá en la Degollada y ante lo que percibe,se siente a la par desconcertada de lo que halla, pero plenamente satisfecha de lo que ha sido y de lo que ha tenido. Hay un tono de madurez en todo el libro, de experiencia aprendida con los años, que le aporta serenidad para contemplar y comprender con resignación las metáforas del agua, la soledad de la nieve, el abandono del viento, el sentido de las ruinas, las de su casa y las de su región. Al echar la vista atrás, todas sus aseveraciones, en definitiva, responden al tópico del ubisunt que recorre la mayor parte de las composiciones.

Esther, es tan, tan importante

nuestra primera estancia

en la casa primera…

Nos determinan tanto sus bombillas humildes,

su hule, sus baldosas. Dicen tanto

de uno sus ventanas humanas,

sus paredes de esfuerzo, sus tiestos,

sus higueras…

Hablo de la franqueza con que escribes

y añoras la luz de aquellos días;

de la benevolencia de tus seres queridos,

del raitán confidente,

de tu infancia de pueblo,

de los amaneceres de inocencia.

Hablo de la verdad

que trasluce a través

de tus versos

como rayos radiantes

de una tarde cualquiera;

del perfume que surge

cuando abres las cómodas y acaricias

el tul de la tristeza;

cuando nombras la nube,

las muñecas de trapo,

los árboles cargados

de juventud y brotes de antiguas

primaveras.

Escribes con amor, Esther,

con amor y ternura sobre el hoy

y el ayer

y todo cuanto huye y te rodea.

Escribes porque intentas

regresar como antaño,

por el mismo camino,

aquel que te llevaba al invierno,

al calor, al mundo y a la escuela;

aquel que conducía a los brazos del padre,

a tu reino grandioso,

al hogar encendido,

al olor de la cena.

Escribes porque anhelas

retener los momentos intensos

de la vida,

las hermosas vivencias,

porque quieres tornar a lo imposible,

a lo imposible, es cierto,

pero al menos así, con palabras

y amor,

aunque no vuelvas nunca,

con voz y poesía,

todo te muere menos,

piensas que estás más cerca…

Escribes tan de dentro,

tan de todos,

que nos parecen nuestros

tus paisajes, tus cuartos,

tus noches con fantasmas,

tus claros y tinieblas.

Escribes porque sabes

que nada permanece en nuestras manos

mas que el rastro del eco y del vacío;

que nada vuelve a estar bajo

la misma noche

con las mismas estrellas.

Quien te lea en este libro

podrá verte jugando muy cerca

de tu casa,

brincando en el otoño

con botas y paraguas,

a las moras de agosto,

abrazada a la luna

o sentada en el prado

cocinando con tierra.

Porque en él nos precisas

las sombras que nos arden,

la dirección del humo,

tu corazón, sus brechas;

nos cifras el pasado,

la pizarra que techa la memoria

y el frío;

nos dejas entrever todas tus ilusiones,

todas tus remembranzas,

todas tus contraseñas.

Quien te busque en el libro,

puede intuirtu ahora,

porque has escrito versos

que vierten tu silencio,

y tus incertidumbres

acerca de la muerte y la existencia.

Quien te lea en estas páginas

puede entreverte ahora,

con tu miedo a que todo sea tan pasajero,

con tu miedo a que el tiempo

cierre todas las puertas.

Este libro contiene lo mismo

que los años,

origen, sangre, charcos,

pasión y plenitud,

lejanía, evidencias,

y cariño

y dolor

y amor

y lluvia

y pérdidas.

Por todo, poeta, enhorabuena.

presentación en Avilés del l poemario «El color de los días» por Aurelio González Ovies

Buenas tardes. La poesía, aparte de ser concebida como transcendencia del lenguaje, es amor y decir amor es pronunciarlo todo: tierra, familia, amigos, casa, pasado, presente y siempre. El libro que hoy presentamos es un libro de amor, por más que algunos poemas surjan del desencanto o del desconcierto, pero también eso es amor: amor ante la desolación, porque nos duele la pérdida; amor ante los cuadros de nuestros mayores, porque suponen el marco de lo que somos; amor ante las ausencias, porque disminuimos el olvido. Amor a todo, porque de no ser así, seríamos nada.

El color de los días, de Esther García López, es un poemario, en mi opinión, con el objetivo primordial de la poesía: rescatar belleza donde posiblemente ya no la hay, mantener en la memoria los paraísos que han sido devastados, explicar de un modo llano la complicada existencia, sentirnos muy poca cosa frente a la inmensidad de cuanto nos contorna…

Cada vez estoy más convencido de que escribimos para no estar tan solos, para estar menos tristes, para sugerir lo que callamos, para hablar mucho, en ocasiones, con lo muerto y con los muertos. Escribimos, y la autora lo sabe mejor que nadie, para saber que solo somos paseantes del tiempo y que todo lo que nos acaece posee la consistencia del humo. Escribimos, Esther nos lo corrobora, para dejar leves huellas en este itinerario por el que es imposible regresar, ese imposible camino de vuelta donde duermen nuestras raíces.

Las tonalidades de esta obra, que se van decolorando día a día, como la carne que nos reviste, no persiguen más que dar luz a lo que de manera irremediable se deteriora, esmaltar lo inexorablemente caduco, por eso tantos símbolos recurrentes: la voz de los seres queridos, las ventanas cerradas, los nidos vacíos, las horas de tristeza, la tarde que se mustia, la noche que llega, los lamentos de campanas, la luna; trazos que pretenden, en definitiva, alumbrar los espacios y los lapsos sombríos…

En estos poemas hay un diálogo continuo entre quien escribe y los cambios de la naturaleza: el viento y la soledad, la noche y el día, los ocasos, los inviernos, el frío que hiela la hierba y el que nos invade el corazón. Emblemasque resaltan la preocupación y la angustia ante el paso del tiempo, la certeza de la muerte y que generan unos versos donde tanto murmura el silencio, nos asoman a panorámicas de unos paisajes conquistados por las pérdidas, donde se han desvanecido los colores, de ahí las alusiones frecuentes a la transparencia del agua, la blancura de la nieve, la palidez de los recuerdos, el sonido del aliento, la nitidez de los suspiros.

Todauna disociación entre realidad y recuerdo, un juego simbólico entre signos binarios, luz y bruma, presente y pasado, que, con más o menos voluntad, nos hablan de lo humano y de la nada, de las inquietudes más elementales ante la precaria temporalidad a la que estamos amarrados.

La autora, que percibe esta vida como un viaje, como un largo caminomachadiano en el que todo lo que pasa se pierde en un instante, atesora en su ligero equipaje remembranzas y sueños, y en el trayecto ama cuanto tuvo y retiene, se identifica constante y románticamente con todos los fenómenos naturales, que, dicho sea de paso, protagonizan casi la totalidad de las composiciones: con la lluvia que inunda su corazón, con la lluvia que anega sus ojos, con la lluvia que empapa su pelo, con el viento que silba, con la frialdad que invade su ahora, con la nieve y la helada que cubren de añoranza y soledad cuanto mira e indaga.

La lluvia, siempre la lluvia, metaforizando el discurso de la eventualidad y fusionada como intratexto en muchas piezas. La lluvia de la lluvia o la lluvia de las lágrimas:

Este llanto

lastima mis ojos.

Llanto intenso que me golpea en las sienes.

Llanto que me persigue y anida en mi piel frágil.

Memoria de días olvidados.

Llanto que hiere mis recuerdos.

Lluvia que anega mis ojos.

Este llanto.

Abundan imágenes literarias y plásticas, cargadas de afecto y sensibilidad, y extraídas de lo cotidiano, embellecidas, además, con labrevedad y sintaxis sencilla que predominan en el libro. No hay distancia entre los versos de García López y la vida verdadera, y eso sucede porque rehúye la grandilocuencia-bueno es que haya de todo- con la que otros poetas apartan la poesía del pueblo, porque es una obra depurada de ampulosidad, porque quien redacta es un ser como todos, que anhela y respira, que sufre y espera, que se enfrenta a los enigmas de la vida y se estremece al contemplar el derrumbe de ese locus amoenus en el que haber sido más felices podría parecer imposible.

Es una poética la de Esther anclada a las cosas sencillas, a las sumas, muchas sumas de todo lo que nos resta; a lo doméstico, a lo entrañable. Poesía y humildad, qué dos sustancias más escasas en el panorama literario actual, para recorrer su biografía y confesarnos sus temores. Poesía y sinceridad; poesía y humildad, como el hogar de antaño, como los padres generosos, como el color de otros días y el gesto del adiós. Poesía desnuda y franca. Poesía del alma, para el alma, tal como subrayo en algún párrafo introductorio, que nos invita al recogimiento de la casa antigua, sinónimo de protección, de seguridad. Sirvan de ejemplo estas líneas del poema ‘Añoranza’ que resumen y recolectan lo que hasta ahora he dicho:

La casa derrumbada

El frío del invierno,

la nevada.

Las goteras dormidas.

Frialdad en mis ojos.

Las lágrimas, heladas.

Mirar atrás con duelo.

Frialdad en el alma.

La puerta está caída.

El tiempo, que camina.

Las ventanas, la luz.

La luz me despertaba

La luz, hoy en tinieblas.

Tinieblas y recuerdos

Y todo lo que queda

detrás de las ventanas.

Quiero terminar dándote las gracias, Esther, porque en este diario que compartes con nosotros, la vida se funde con el verso, porque comunicas con los que te rodeamos y nos dejas patentes esos dos retornos inalcanzables, el de la casa y el de los padres. Gracias porque tu universo, como piden los cánones de lo universal, y valga la redundancia, comportan universalidad, identidad e inmediatez. Gracias porque esa casa ruinosa que es también una voz de alarma sobre las ruinosas vistas de nuestra región. Y gracias porque, con tus resonancias, con tus confidencias, nos reafirmas que la poesía salva, salva cuando nos encontramos acorralados por la melancolía y el desamparo. Nos redime y nos aboca a la esperanza, nos acerca al amor que todo lo llena, porque tu poesía, repito, es de amor:

Todo está lleno de ti,

amor.

Los caminos, los parques,

los ríos, las calles, el aire que respiro…

Todo está lleno de ti,

amor.

Y en cada momento de mi cuerpo

hay un susurro, una mirada,

una huella de amor.

Señal indeleble,

que no la borrará el tiempo…

Gracias.


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